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jueves, 4 de abril de 2013

Varias leyendas de ... Tamaulipas .

Konnichiwa ,todo mundo :3



Comenzemos

La carreta que todos oían , pero nadie veía

Corría el año de 1968…

La noche cayó desfallecida sobre las empedradas calles del barrio de Cantarranas.
No había más señales de luces que las luciérnagas como faroles diminutos, casi inapreciables.
Apenas se escuchaba el trayecto del agua deslizándose por las piedras del río San Marcos, mientras los fresnos y sabinos dilataban su espeso follaje, y en el ambiente comenzaban a brotar el aire fresco.
Al caer la tarde Don Félix Banda se despidió de Mencho el panadero, dirigiéndose a su casa ubicada cerca de la calle Melchor Ocampo.
Era de no creerse.
Por sí o por no, cerró bien los postigos de las ventanas y atracó las puertas con un barrote de ébano, sugiriendo a sus hijos que evitaran salir a esas horas "porque era noche de fantasmas", al tiempo que se dispuso a escuchar en la radio El Monje Loco, su programa favorito que transmitían por la XEW.
Poco antes de las once, cuando escucharon los ronquidos concluyendo que se había quedado dormido, los muchachos de Don Félix, con la despreocupada alegría de la juventud, salieron a platicar a la esquina de la cuadra desafiando las advertencias de su padre.
"¿Fantasmas? Esos son cuentos de viejos rucos y de ignorantes", comentaron, mientras veían el cielo estrellado y se espantaban los mosquitos, abanicando las manos, cerca del rostro.
Cuando el reloj de la catedral del Sagrado Corazón anunció la media noche, los jóvenes, quienes se entretenían contándose historias y chismes, escucharon a lo lejos un sordo rechinido de carreta que golpeaba sus enormes ruedas metálicas sobre el empedrado de las calles.
Luego invadió el ambiente un silencio sepulcral, mientras el viento dejaba de silbar y las ranas guardaron silencio. Entonces, prendieron sus linternas, y corrieron hacia donde se escuchaba la carreta, pero no vieron nada. Volvieron a la esquina y cuando se reponían del susto, a unos metros calle arriba, volvió el tétrico sonido pero ahora desplazándose rumbo a la panadería de Don Mencho, no sin antes retornar de nuevo la tranquilidad en aquél espacio apartado del centro de la ciudad. Sin embargo, esto no fue suficiente para atemorizar a los jóvenes deseosos de aventuras.
Varias noches los hijos de Don Félix y sus amigos trataron de descifrar aquél misterio, ocultándose entre los cercos de nopales para evitar ser descubiertos, por quien suponían era un noctámbulo conductor que deseaba jugarles una broma… pero fue inútil.
Únicamente se escuchaba el ruido de la carreta.
Una tarde mientras comían, Don Félix les comunicó a sus vástagos:
- No quisiera comentarlo, pero Mencho me platicó que la famosa carreta que se oye todas las noches pertenece a un señor que en 1938 fue asesinado a puñaladas por este rumbo, mientras acarreaba leña para sus panaderías. Desde entonces, el río San Marcos esta conjurado.
Para colmo de males en ese tiempo sucedieron varios acontecimientos extraños.
A Doña Albertina Reyes se le apareció un señor sin cabeza en el fondo de la noria, mientras intentaba sacar agua; y se asustó a tal grado que al correr a toda prisa tropezó cayendo sobre una nopalera.
Bueno… eso es lo que dicen, por si o por no es mejor creerles.
El caso es que la carreta siempre ha sido un misterio sin descifrar.





El Paragüero

1918 significó para los victorenses un año de calamidades, penurias y peste. Además de los pleitos políticos entre los generales carrancistas Luis Caballero y César López de Lara, el mes de octubre azotó a la capital tamaulipeca una epidemia de Influenza Española que no respetó la vida de miles de personas.
En aquella época ejercían su profesión en la ciudad los doctores Felipe Pérez Garza, Antonio Valdés Rojas, Raúl Manautou y Praxedis Balboa, además del homeópata Manuel Gómez, quienes con el riesgo de contagiarse, a cualquier hora, respetando al pie de la letra el juramento de Hipócrates recorrían los barrios más humildes o del centro de la ciudad atendiendo enfermos desahuciados.
Las Boticas Central, La Plaza del doctor Luis Jakes y la del profesor Arturo Olivares, surtían con eficacia las Pastillas de Sulfato de Quinina, para fiebre y dolores, ayudando a los infectados a bien morir.
Eran tantos los fallecimientos, principalmente entre la clase más pobre y desprotegida, que la presidencia municipal contrató un carromato tirado por una mula, mejor conocido como la Pirulina. El vehículo tenía descubierta o al aire libre la parte posterior, de tal manera que un cochero de nombre Paco, con la ayuda de otros empleados de salubridad, amontonaba los cadáveres sobre la plataforma trasladándolos al cementerio del Cero Morelos, para que fueran sepultados en una fosa común de grandes dimensiones.
Se platica que en esa época de contaminaciones sanitarias llegó a Ciudad Victoria un extraño personaje vestido con un gabán viejo, sucio, deshilachado y lustroso, similar a un abrigo corto o un saco largo. Se trataba de un hombre corpulento de edad madura, piel blanca, barba pelirroja, dentadura amarillenta, ojos borrados y acento extranjero, más bien europeo.
Alguien corrió la voz sobre su apodo, y pronto fue conocido en todo el pueblo como El Húngaro, pues se comentaba que venía huyendo de los estragos de la Primera Guerra Mundial. Su mirada era escurridiza, denotando un marcado delirio de persecución. Sin embargo, nunca se conoció su nacionalidad o procedencia, ni siquiera la edad o su nombre.
Deseaba pasar de incógnito, pero era común verle en el centro de la ciudad por el rumbo del mercado Argüelles, la estación de ferrocarril, el barrio de Tamatán o recorriendo la población casa por casa, ofreciendo sus servicios como hábil restaurador de paraguas; por lo que considerando lo exótico del oficio la gente también le apodaban El Paragüero.
Andando el tiempo, cierto día circuló el rumor que El Húngaro había muerto e incluso algunos afirmaban haber visto su cadáver en el carruaje fúnebre de Paco. El caso es que todo mundo lo dio por muerto y como no tenía familia, nadie tuvo la bondad de reclamar sus restos para darle cristiana sepultura. Pero el asunto no quedó ahí, cuando todo parecía olvidado, la madrugada del día siguiente quienes lo conocían recibieron una gran sorpresa, porque unas personas descubrieron al Paragüero almorzando menudo y café caliente en una de las fondas del Mercado.
La noticia de la aparición se difundió rápidamente entre los madrugadores, y como era de esperarse muchos curiosos se acercaron a él pensando se trataba de algún fantasma. Algunos incrédulos tocaron su cuerpo y admirados le hacían señas formulándole preguntas para cerciorarse si efectivamente era el reparador de paraguas que siempre andaba por las calles del centro o en el mejor de los casos se trataba de alguien parecido.
El, sin pena ni gloria, castigando el idioma español, discretamente narraba a quien deseara escucharle que efectivamente, durante la madrugada se percató que estaba en el Panteón Municipal del Cero Morelos, debajo de brazos, piernas y cabezas de verdaderos muertos; pero quitándoselos de encima, asustado, salió de estampida brincando la barda del cementerio hasta llegar corriendo a la fonda donde lo descubrieron.
Confesó a los curiosos que padecía ataques catalépticos, y que el tal Paco, al encontrarlo inconsciente tirado en plena calle lo consideró muerto a consecuencia de la Gripe Española procediendo a subirlo al carruaje, de tal suerte que los sepultureros estaban muy cansados esa noche, por lo que decidieron dejar pendientes varios cadáveres para enterraros por la mañana, y gracias a esa circunstancia salvó la vida.
En plena epidemia de Influenza Española, el doctor Felipe Garza inició los trabajos para la construcción de su casa ubicada en la esquina de la calle Matamoros y 11. Una vez terminada la enorme mansión ordenó a los albañiles instalaran en la parte superior de la puerta principal, un herraje con las iniciales de su nombre y apellidos FPC.
Uno de esos personajes de la picaresca victorense que abundan en cualquier ciudad, comentó jocosamente que las letras significaban: F (fue), P (pura), G (gripe); refiriéndose a la bonanza económica que logró el doctor atendiendo enfermos durante la epidemia, y gracias a eso pudo levantar su residencia.





El muerto que regresó

Solo el infinito amor entre dos personas, puede explicarnos uno de los más legendarios acontecimientos en la población de Mier, Tamaulipas, considerada de los lugares más antiguos de la entidad, ala orilla del Río Grande, -actualmente Río Bravo-, fundada por el colonizador don José de Escandón en 1753. A ese lugar también se le conocía como Paso del Cántaro¸ seguramente porque había depósitos donde los lugareños podían abastecerse de agua cristalina para el consumo doméstico de pobladores y misioneros religiosos del Colegio Apostólico de Guadalupe Zacatecas que en 1770 estaban a cargo de la evangelización de 101 indígenas conocidos como "Garzas", quienes años más adelante se convirtieron en arrendatarios de tierras de cultivo o dedicadas a la ganadería, pues en esta región siempre ha sido muy próspera esa actividad.
A lo largo de su historia, Mier ha sido testigo de importantes acontecimientos bélicos, desde la época de la independencia hasta la Revolución Mexicana, siendo en esta última etapa cuando se desarrolla la leyenda producto de la lucha armada a principios del siglo XX, un 24 de abril de 1913 cuando las huestes constitucionalistas tomaron la ciudad, resultando muerto Enrique del Villar, jefe de la aduana y otros personajes, entre ellos Manuel Barrera fusilado en el cementerio municipal, mientras el teniente Espiridión Salazar quien tenía al mando la tropa del Décimo Cuerpo Rural salió huyendo rumbo a Roma, Texas.
Al respecto, cuentan que su viuda Martha Hinojosa Rodríguez el día anterior a la ejecución de su marido, soñó que éste se le apareció para sostener una charla sentimental con ella, prometiéndole que como se habían jurado amor eterno y alguno de los dos faltara, el sobreviviente vendría por su pareja para descansar eternamente unidos en el más allá.
Al ser fusilado Don Manuel fue el primero en fallecer, por lo que aquella noche prometió a su cónyuge que a los tres meses regresaría por ella para reanudar su amor en el cielo.
Y así fue, cumplido el plazo, una mañana muy temprano los sirvientes fueron a llevarle el desayuno a su patrona y cual no sería la sorpresa que al acercarse a la cama donde aparentemente permanecía dormida, la encontraron sin señales de vida. Como testimonio de su amor eterno, en la mesita de noche descubrieron una nota escrita con pluma de ave que decía: Espérame en el cielo corazón.





El jinete sin cabeza.

En Llera, cerca de Estación Zaragoza, existía hace más de un siglo un próspero rancho con muchas cabezas de ganado vacuno, manadas de yeguas unas con burro manadero que producían potrillos y mulitos; había gallinas, patos, guajolotes y muchos árboles de nogales, naranjos, limas, limones, aguacates y papayas. Ahí vivía un joven ranchero con una bella esposa, él era todo un hombre de a caballo, mejor que cualquier vaquero de la región. Había andado con Pedro José Méndez en la lucha contra los franceses.
Ella era hermosa, nacida en Tampico y sabía varios idiomas. Una tarde de otoño, muerto de hambre y jalando un caballo que rengueaba, espiado, con los cascos casi inútiles llegó un soldado de caballería que no era mexicano, pidió agua y comida: una vez que se la dieron contó a ella que hablaba inglés: "vengo huyendo de la guerra en los Estados Unidos, perdí todo menos el honor, voy a la ciudad de México a enlistarme en el ejército, soy militar y no sé hacer otra cosa". Se le dio hospedaje y alimentación para él y su caballo. "Agarramos fuerzas y nos vamos" decía…
Era acomedido y servicial, rajaba leña, cuidaba caballos, los herraba y les untaba manteca en los cascos. No era vaquero y platicaba en inglés con la señora. No quisiera entrar en detalles por pudor y campeada, pero cierta ocasión el ranchero los encontró muy juntos bajo un árbol, en el río. Sin más, a él le ató las manos por detrás y con la ayuda de sus vaqueros aventó la reata de la rama más alta, se la puso en el pescuezo y que lo cuelga; a ella que la corre del lugar a cuartazos, por infiel y para siempre.
Fue tan grande el coraje y su vergüenza, que con una correa, lazó las patas del difunto colgado, y que lo estira con su caballo hasta que se desprendió del cuerpo la cabeza. Y desde esa vez en esos contornos hay quien afirma, que en las noches de luna vió cabalgando a galope tendido a un jinete que en la mano llevaba un sable, pero que el cuerpo no tenía cabeza. Pasó mucho tiempo sin que nadie se atreviera a andar por los caminos en la noche, porque tenían miedo de aquél espanto. Se corrió la voz, llevaron sacerdotes a bendecir todos aquellos lugares y los cascos se seguían escuchando en la oscuridad.
Luego construyeron la vía del ferrocarril Tampico-Victoria allá por 1890, y se cuenta que pasajeros y maquinistas al cruzar aquél tramo de la vía escuchaban gritos en un idioma que no entendían y que la voz brotaba de las entrañas; hubo quien vio junto al tren a toda carrera un caballo que echaba chispas con sus cascos, cola y crin, montado por un jinete sin cabeza.





Bueno , en cuestión de minutos esperen el siguiente post , recuerden , es día de doble post :3



Seguire trabajando para ustedes , adiós .

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