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domingo, 18 de noviembre de 2012

Leyendas urbanas de Merida Yucatan

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Los traficantes de órganos

Esta espantosa historia empezo a circular a finales de la década de los 80's, cuando se contó que un infante de unos 13 años de edad, que se desempeñaba como "cerillo" en ese supermercado, había sido hallado inconsciente en uno de los baños, atado de pies y manos y le habían extirpado quirúrgicamente ambos globos oculares (diferentes versiones indicaban que un riñón). Asimismo, otros señalaban que el jovencito estaba muerto.

Como reguero de pólvora la "noticia" se extendió por toda Mérida y el pánico aumentó cuando días después se dijo que otro adolescente había sido hallado en iguales circunstancias en los sanitarios de Plaza Dorada. Tras estos dos casos se empezó a hablar de que se trataba de una banda internacional de traficantes de órganos, que eran médicos delincuentes provenientes de la capital del país que buscaban "por encargo" algún órgano, como córneas o riñones, y secuestraban a menores de edad de familias humildes para cometer esas atrocidades y vender esas partes a clínicas del extranjero que pagaban fuertes sumas de dólares, ya que sus pacientes eran gente muy adinerada que necesitaba esos órganos de forma urgente. También se habló de que varios infantes de poblaciones del interior del Estado habían desaparecido y sus cuerpos nunca fueron hallados.
Lo inverosímil de esta historia es que era imposible que unos cirujanos practicaran una operación (extirpación de ojos o riñones) de manera tan rápida y sin que nadie se diera cuenta en el interior de un baño tan concurrido como los de un centro comercial. Pero lo que lo hacía creíble era que por esas épocas sí existían esos traficantes de órganos, pero en otras latitudes, como en las fronteras norte y sur de México, en la capital de la República y en países pobres de Asia como Bangladesh, Birmania (hoy Myanmar) y Tailandia.

El caso no se volvió a mencionar y se fue quedando en el olvido.


Los "robachicos"

Esta leyenda urbana circuló en los años 60's, cuando por la ciudad era común ver a aquellos vendedores de pepita y cacahuate con unas grandes bolsas de tela blanca que se colgaban en el cuello, donde transportaban la mercancía que pregonaban por las calles con su muy particular tono de voz.

Estos sujetos, conocidos como "pepiteros" o "cacahuateros", eran el terror de los "chamacos traviesos", ya que las mamás o las abuelas, para amedrentar a los desobedientes niños, les decían que si salían a la calle a jugar sin permiso se los podían llevar los "robachicos", y señalaban que éstos eran los humildes pregoneros de la pepita y del cacahuate.

Asustaban a los niños contándoles historias de otros chicos que habían sido plagiados por estas personas quienes, les decían, en realidad no vendían esas sabrosas semillas, sino que en esas enormes bolsas de tela metían a los menores que robaban y a los que luego vendían para que fueran explotados pidiendo caridad en otras ciudades del país.

Esta historia pudo tener sus orígenes en una urbe de Estados Unidos, en la cual se mencionaba a un tal "Hombre del Saco", algo así como el "Coco", que raptaba a los niños que se portaban mal y los metía en un costal, llevándolos hacia un castigo ignoto, del que nadie se atrevía a hablar y que por omisión causaba aún más terror entre los infantes.

Pero no sólo los "cacahuateros" eran víctimas de esa calumnia creada por las mamás que no deseaban que sus hijos pequeños salieran a las calles a jugar sin permiso, sino hasta aquellos vendedores de carbón que se transportaban en carretas tiradas por una vieja y flaca mula, conocidos como los "carboneros", cuyo producto era demandado en las casas donde aún no se usaba el gas butano para cocinar o para calentar el agua. Las mamás les decían a los niños que éstos robaban a los infantes y los metían en sabucanes, donde realmente llevaban el carbón.

Posteriormente serían los "tierreros" los que heredarían esa acusación de ser "robachicos", cuento que ya actualmente los niños no creen para nada.

Por último, más recientemente, fueron unos fotógrafos a los que se les acusaba de secuestradores de niños. Estos hombres de la lente, buscando trabajo, acudían a las escuelas a ofrecer sus servicios para hacer el anuario del colegio y vender también fotos individuales de los alumnos y en grupo, con las maestras.

Pero algunos papás ignorantes empezaron a hacer circular la versión de que estos trabajadores de la cámara eran secuestradores de niños, que en realidad tomaban esas imágenes para luego proponer a los traficantes de menores "la mercancía".

"Los envenenadores de las escuelas"

Al final de la década de los 80's y principios de la siguiente se creó una ola de pánico colectivo en el sentido de que un grupo de delincuentes que se apostaba a la salida de las escuelas primarias y secundarias obsequiaba golosinas a los niños, las cuales contenían arsénico, con la mala intención de matarlos como parte de una "venganza divina" enviada por su Dios, para lavar las culpas de los pecadores. Se decía que se trataba de una secta satánica que se había propuesto a asesinar niños.

El miedo cundió entre papás y maestros, que hizo que los primeros llevaran su "lunch" a los infantes, mientras que los profesores prohibieron a los alumnos aceptar regalos o comprar dulces a la salida de la escuela.

Otra versión se trataba de que estos sujetos eran "enviciadores", esto es que los dulces que obsequiaban a los escolapios contenían drogas adictivas, como la cocaína, para que estos chicos se hicieran dependientes de esos enervantes y se convirtieran más adelante en consumidores, o sea, en clientes y compradores de droga. Esto resultó verdad, pero en el Estado de México, cuando estos delincuentes fueron atrapados "in fraganti" a las puertas de un plantel.

Este método de enviciar a los clientes desde la infancia lo implementaron los traficantes de drogas desde los años 60's en el barrio de Harlem, en Nueva York, así como en suburbios de Chicago, Atlanta y Los Angeles.


La víbora del repollo


Por último, mencionaremos dos casos que no se tratan de criminales seriales, pero sí de dos leyendas urbanas, aunque se dice que la primera de éstas sí fue un hecho real que se ocultó para no dañar la imagen de un supermercado ubicado en el centro de la ciudad.

Este incidente tuvo lugar a mediados de la década de los 80's, cuando una clienta murió envenenada al ser víctima de la mordedura de una serpiente coralillo que estaba enrollada entre las hojas de un repollo. Cuando la mujer tomó el vegetal, el ofidio la mordió en la mano y la compradora se desvaneció.

Los clientes que estaban cerca de la mujer pensaron que se trataba de un ataque que había sufrido ésta, y lo mismo pensaron los empleados del supermercado. Se llamó a una ambulancia, y al arribar los paramédicos, éstos sólo constaron que la señora había fallecido, pero desconocían las causas.

Al practicársele la necropsia de ley se descubrió que el deceso había sido por la mordedura de una serpiente venenosa.

Pronto, los propietarios del negocio movieron "sus influencias" con las autoridades para ocultar el trágico hecho, y tras arreglarse con la familia de la víctima con una indemnización, el incidente quedó encarpetado y nunca salió a la luz pública, pero no faltó algún testigo que lo diera a conocer.


Los leones del Centenario

Esta leyenda urbana es de varias décadas atrás, digamos de los años 60's, cuando se contaba que los grandes felinos que estaban en el zoológico de "El Centenario" eran alimentados con canes callejeros, los cuales los desalmados empleados del parque metían vivos a las jaulas de los leones, tigres y panteras para que fueran devorados. Vecinos del rumbo decían que por las noches se oían los ladridos lastimeros de los pobres perros cuando eran comidos por las fieras.

Esa patética historia derivó en el origen de otra, que muchos aseguran fue verdad: un león del zoológico, por descuido de un empleado encargado de darle de comer y de limpiar su jaula, se escapó y había devorado a varios niños que asistían a una excursión a "El Centenario".

La realidad de la historia es que un viejo león, desdentado y casi artrítico, se había salido de su encierro y anduvo caminando tímidamente por el parque, asustando desde luego a todos los paseantes, pero rápidamente se sometió a la inofensiva bestia, la cual falleció años después y se le disecó y estuvo en exhibición un tiempo en el edificio de Desarrollo Social del Ayuntamiento, en la calle 64 por 67 y 69.

Historias, reales algunas, y leyendas urbanas que le dan un sabor especial a la Mérida del siglo pasado.

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